EL VALLE DE LA GRANDIOSA AVENTURA


          Había una vez hace poco tiempo, en un lugar muy cercano, un valle oculto en la profundidad del sur. Era un valle mágico; eso quiere decir que las personas, los animales, y hasta los árboles, siempre tenían alguna historia divertida que contar. Y este cuento es una de ellas.

En una cueva que estaba cerca del río, vivía un muchachito de más o menos tu edad junto a su perro. En la primera mañana de primavera, cuando el sol ilumina y hace que todo se vea más verde, el joven protagonista de nuestro cuento se preparaba para desayunar. Cocinaba unos huevos revueltos y veía dibujos animados en un pequeño televisor mientras el fluir del río hacía un suave eco en la caverna. Estaba listo para comer cuando un ruido ajeno a la paz de costumbre lo interrumpió. Era como el sonido de un helicóptero aterrizando, aunque más pausado. Una gran polvareda se levantó, oscureciendo el día. Fuera lo que fuera, venía desde el cielo, ¡volando! El joven tomó su espada pero no alcanzó a llegar a la entrada de la cueva cuando vio entre el polvo la sombra de una criatura alada inmensa, que se acercaba. Nuestro héroe sintió miedo, pero puso su espada en guardia; de la nube de tierra asomó un ave, un buitre que tenía un ojo más pequeño que el otro, quizás por alguna batalla de hace mucho. Era muy alto, y viejo. Observó cada rincón de la cueva, como buscando algo, sin prestar atención al muchachito.  Y con una voz como la de alguien muy sabio exclamó: "¡Dónde está El Caracol Valiente! Exige saberlo El Ave del Suspenso...". El silencio reinó un segundo, pero pronto el niño respondió con seguridad: "¡Yo soy El Caracol Valiente!". El Ave del Suspenso, que recién ahí notó su presencia, se acercó y observándolo detenidamente con su ojo bueno, le dijo desconfiado: "Tú no eres, es un caracol".  "Me llamo Caracol, y me apellido Valiente" se apuró a responder el muchacho. La gran ave dudó un segundo; esperaba ver al menos un par de cachitos y una caparazón de caracol, no un niño. Pero luego, respirando profundo, le dijo: "¡Qué bueno que te encuentro hijo! Es urgente que me acompañes". El joven bajó su espada, y sintió que las tripas le crujían del hambre. Mirando su desayuno, le dijo al pájaro: "¿Acompañarte? Pero yo estaba a punto de desay...". El Ave del Suspenso lo interrumpió: "Si supieras quién lo pide, sabrías lo importante que es". "¿Quién lo pide?" preguntó el joven. "Lord Mogúl" respondió solemne el sabio buitre. Pero para El Caracol Valiente, ese nombre no significaba nada. No había oído jamás de Lord Mogúl. El Ave del Suspenso se dio cuenta de aquello, y le dijo: "Lord Mogúl es el guardián de La Mujer Antárctica". El corazón del joven se emocionó: La Mujer Antárctica  era la persona más vieja del valle, y por lo tanto, también la más sabia; una misteriosa y solitaria anciana cuyo único nieto se llamaba "Cara de Pato", aunque a éste nadie lo había visto nunca. Todos en el valle habían oído de ella: La viejita solía recolectar las murtas y moras que crecían a la orilla del río, a bordo de un botecito celeste. Tanto había vivido y aprendido La Mujer Antárctica, que podía hacer algo extraordinario: ¡Hablaba con los árboles! Sí, aunque sea difícil de creer. Hablaba con manzanos, cerezos, la manzanilla, y hasta con el llantén. ¿Te imaginas, poder conversar con el árbol en el que está amarrado tu columpio, o en el que trepas? Yo le agradecería por la fruta, o por su sombra en el verano... ¿Y tú? ¿Qué le dirías al árbol más cercano a tu casa si él pudiera escucharte?


Tan famosa era la sabia ancianita, que protagonizaba una leyenda que hace mucho se oía en el valle: Esa leyenda decía que al dejar esta vida, ella se convertiría en mariposa. Y quien lograra atrapar esa mariposa, dominaría el secreto de hablar con las plantas, igual que ella. "Lord Mogúl vino en busca de ese poder desde las tierras del norte; atrapó a la viejecilla, y ahora espera ese momento" le explicó El Ave del Suspenso a nuestro héroe.   "¿Y no te da verguenza trabajar para él?" lo increpó el niño, a quien le molestaba mucho que una persona encerrara a otra. "Sólo soy su mensajero..." le respondió el buitre, sin poder disimular su verguenza. "Vamos entonces. Veamos qué quiere ese tal Lord Mogúl de mí" exclamó El Caracol Valiente; pero a decir verdad, lo que planeaba era rescatar a La Mujer  Antárctica. El gran pájaro bajó una de sus alas, y lo invitó a subir. "No gracias" le dijo el joven, "iré por tierra". Y dio un silbido muy fuerte: De inmediato llegó corriendo a su lado un enorme perro café de largos pelos, y el niño se montó en él como si éste fuera un caballo; tomando airé gritó: "¡Corre Chocolate!" (Chocolate se llamaba el can). Y los tres salieron velozmente de la cueva.

El Ave del Suspenso volaba a poca altura, guiando al muchachito y a su amigo: "Ciertamente es rápido ese perro" se dijo, batiendo sus enormes alas. De las casas a un costado del camino salían muchas criaturas a desearles buena suerte; parecía que supieran el plan secreto del muchacho de rescatar a la Mujer Antárctica. Nuestro héroe y Chocolate respondían el saludo con un gesto cortés.

            Llegaron hasta un puente que conducía a un tétrico bosque de castaños. En el río estaba anclado el bote celeste en el que navegaba la ancianita, señal de que ella no debía estar muy lejos. Y arriba rodeado de  árboles, en lo alto del cerro, cubierto de nubes oscuras se encontraba el castillo de Lord Mogúl. "Síganme" exclamó El Ave del Suspenso, y se perdió entre el castañal. Chocolate galopó tras él; el bosque era oscuro, parecía embrujado. El Caracol Valiente y su fiel mascota avanzaron con cuidado.



            Se adentraron hasta quedar frente a una enorme puerta de madera, que se abrió rechinando: Era la entrada al Castillo. "Oh poderoso Señor" exclamó El Ave del Suspenso, haciendo una reverencia, "Os traje al Caracol Valiente como pedísteis". Y por fin nuestro héroe lo conoció: Sentado en un trono de madera rojiza, había un hombre muy alto con una armadura de oro. De su yelmo salían 3 puntas que parecían una corona. Y en el lugar donde debía estar su rostro... ¡No había nada! ¡Sólo una profunda oscuridad llenaba ese espacio! ¡Qué miedo! La poderosa voz de Lord Mogúl resonó en el salón: "¡Ese es un niño, no es un caracol!". "Me llamo Caracol, y me apellido Valiente" respondió el jovencito, afirmando la voz.   Lord Mogúl se levantó; era muy alto. Caminó hacia nuestro héroe; sus pasos hacían temblar el suelo. Se inclinó, y puso su rostro frente al del muchachito, como observándolo. Pero por más que trató, El Caracol Valiente no le vio ojos, boca o nariz al caballero; sólo un oscuro color negro que lo empezaba a poner nervioso... Lord Mogúl volvió a su trono y se sentó. "Dicen que sólo El Caracol Valiente es capaz de leer poesía. Si de verdad eres él, no tendrás problemas en leer esta para mí..." dijo el malvado, y le pasó al niño un papel.

            Era verdad; nuestro protagonista era el único niño del valle capaz de leer poesía. Y es que una poesía no se lee así nada más, como se lee un periódico o un aviso de venta de leche; no señor. Para leer poesía, se necesita un corazón emocionado. Y justo así tenía el corazón El Caracol Valiente.

            El pequeño tomó la hoja; era una poesía de tres estrofas, y estaba firmado por alguien de nombre "Sophie". Chocolate miró a su amo, como advirtiéndole que tuviese cuidado, que aquello podía ser una trampa. "No te preocupes amigo" susurró el pequeño, "tendré cuidado". Y empezó a leer. El misterioso escrito decía así:

"Bajo el sol,
Bajo la luna,
La isla encantada
Será la cuna"

"De la marip..". El niño dejó de leer en voz alta. Lo que la segunda estrofa decía era:

"De la mariposa
Que debe navegar
En el bote celeste
Para poder llegar".

            Nuestro héroe se dio cuenta de algo muy importante; ¡ese poema era la mítica profecía de cuando La Mujer Antárctica se convertiría en una mariposa! Pero Lord Mogúl no debía saberlo por ningún motivo. "¿Por qué te detienes?" preguntó el caballero. "Ahhhh... ¡Chís!" fingió nuestro héroe, "es sólo un estornudo, lo siento". Y simuló que seguía leyendo, pero no lo hizo;  inventó una historia de burbujas, plumas y dulces. Payasos, cazuelas, y monos. "Qué poema tan ridículo..." exclamó Lord Mogúl al oír tanto disparate. "Así es..." dijo el niño, guiñando un ojo a Chocolate; "Terminé. ¿Puedo irme ya?" preguntó. "Vete" respondió el Señor del Castillo. Pero no terminaban de cruzar el umbral de la puerta cuando Lord Mogúl les ordenó detenerse: "Devuélveme la poesía" habló. El joven se la dio, mirando de reojo la tercera estrofa. Y se marcharon.     



            Siguieron al ave del suspenso de vuelta al puente, hasta la salida del tenebroso bosque de castañas. "¿Dónde la tiene?" preguntó el niño al buitre, "¿Dónde tiene Lord Mogúl encerrada a La Mujer Antárctica?". "Allá..." señaló el ave, apuntando a la torre más alta del castillo. Nuestro héroe alzó la vista, y dejó escapar un suspiro de asombro ante tamaña altura. El Ave del Suspenso los dejó en el puente, y alzó el vuelo de regreso al castañal. "No iremos a casa, ¿verdad?" preguntó Chocolate. "Así es amigo; volveremos al Castillo a rescatar a La Mujer Antárctica" respondió el jovencito. Sí, Chocolate podía hablar, pero sólo lo hacía con su amo. No le gustaba hablar con nadie más. "¿Memorizaste la tercera estrofa de la hoja?" preguntó el can. "Sí" dijo el muchacho, y repitió al menos siete veces la poesía completa para no olvidarla. ¿Crees que tú la podrías aprender? Inténtalo. Estas son las tres estrofas de la misteriosa profecía:


"Bajo el sol,
Bajo la luna,
La isla encantada
Será la cuna"

"De la mariposa
Que debe navegar
En el bote celeste
Para poder llegar".

"Al abrir las alas
Y recibir el sol,
La misión cumplida
Tendrá el Caracol".

            Los dos amigos quedaron en silencio, y de inmediato miraron el bote celeste que estaba anclado a un lado del puente. "En ese bote iremos a la isla encantada" exclamaron.

            Esperaron a que anocheciera, y luego avanzaron a través del bosque de castaños hacia el castillo. Los enigmáticos cantos de búhos y lechuzas erizaban los pelos de nuestro héroe y su amigo peludo, pero seguían avanzando en la oscuridad, ayudados por el súper olfato de Chocolate. ¿Sabías que los perros tienen un olfato muchísimo más potente que el de un humano? Chocolate, por ejemplo, ¡podría oler tus caramelos a kilómetros!

            Pronto llegaron a la entrada. Chocolate empujó la pesada puerta, que rechinó. "¿Quién anda ahí?" se oyó la voz del Ave del Suspenso. Cuando el pájaro llegó a ver, observó que la puerta estaba abierta, pero no había nadie. "Bah, debe ser el viento" dijo, y la cerró nuevamente.

            Nuestros héroes habían logrado entrar sin ser vistos. De puntillas, fueron hasta la escalera, la subieron corriendo, y llegaron a la parte alta. Dos puertas de cristal blanco con un cisne tallado cada una cerraban el paso. Abrieron ambas puertas lentamente: Allí estaba La Mujer Antárctica. Era una vejita de cabellos canosos, usaba un sombrerito y mantos de lana. Tejía uno con Huso y Tortera junto a la ventana, sin más lámpara que la luz de la luna.

            Te debes estar preguntando qué es el Huso y qué es La Tortera. Bien, te lo diré: En el sur, las viejitas acostumbran tejer con lana de oveja. Y para hacerlo más rápido, usan un palito al que llaman "Huso", y como si de un vestido de bailarina se tratara, le ponen a ese palito una piedrecita redonda a la parte de abajo, a la que llaman "Tortera". La lana la enrollan en el Huso, la tiran, y el Huso y La Tortera van girando y desenrollando la lana. "Como un trompo" puede que pienses. Sí, exactamente así; como un trompo.
            "Mujer Antárctica, hemos venido a rescatarla" le dijo el muchacho. "Oh, muchas gracias" dijo la viejecita, esbosando una sonrisa, "¿cómo te llamas?" preguntó. "El Caracol Valiente" dijo el niño. Y para su sorpresa, en vez de decirle que no era un caracol como le decían todos, la viejita exclamó: "Caracol, ¡qué lindo nombre! Y ciertamente eres muy valiente". Mucho se emocionó el corazón del niño con el respeto que La Mujer Antárctica le mostraba. Ella cogió rápidamente su manto de lana, su Huso y su Tortera, y tomando la mano del niño bajaron las escaleras. Chocolate iba adelante, para avisar de cualquier peligro.

            "No hay nadie, pueden salir" dijo el perrito al llegar a la puerta, y El Caracol Valiente junto a la abuelita salieron. Pero bastó que pusieran un pie afuera del castillo para que unas terribles nubes negras cubrieran la luna y muchos rayos electrizaran el cielo. "¡No te irás!" oyeron un grito: Era Lord Mogúl, que le hablaba a la viejita. "¡Rápido, llévala hasta el bote! ¡Yo lo detendré y luego los alcanzo!" ordenó el pequeño a su perro. Chocolate invitó a la viejita a subir a su lomo, y se fueron corriendo por el bosque de castaños. Nuestro héroe desenvainó su espada, y Lord Mogúl hizo lo mismo. Ambos guerreros se enfrentaron ferozmente, y cuando el pequeño estaba a punto de caer víctima de la enorme fuerza de Lord Mogúl, éste enredó una de sus botas en una raíz. Levantó su espada para cortarla, pero su mano se enredó en una rama. "Claro, los árboles son amigos de La Mujer Antárctica" pensó el niño, y aprovechando que el malvado caballero estaba enredado, corrió hacia la oscuridad del bosque en dirección al bote.

            Pero todo estaba en penumbras. El Caracol Valiente no se sentía tan valiente; no sabía hacia dónde ir. Estaba perdido entre tantos castaños iguales. De pronto sintió que algo rozaba su mano en la oscuridad. Se asustó, pero era Chocolate que, como buen amigo, había vuelto a buscarlo para llevarlo hasta el bote celeste.

            Corría viento sur que sopló las nubes negras de Lord Mogúl dejando al descubierto una gran luna. La viejita sacó una vara de un escondite secreto del bote, y lo puso en vertical en un agujero de la bancada (así se le llama en el lenguaje de los marineros a los asientos; bancada) central; como un mástil. Y sí; también como si la vara fuera un Huso y la bancada, una Tortera. Y colgó de él el manto de lana que había estado tejiendo creando una formidable vela. Pronto el botecito empezó a moverse, impulsado por el viento. Y además, los remos eran muy livianos, así que el Caracol Valiente no tuvo inconvenientes para remar a lo largo del río; rápido avanzaba el bote con los remos y la vela. En la popa (la parte de atrás de un bote) iba sentada La Mujer Antárctica, feliz de ver el valle otra vez cubierto por la suave luz de luna. Y en la proa (la parte de adelante de un bote), Chocolate vigilaba que todo estuviese en orden. Los terribles gritos de enojo de Lord Mogúl hacían temblar la noche. "Los árboles lo tendrán enredado por un buen rato" rió la viejita.
   
            Ya terminaba el río, y empezaban a navegar en el mar. Habían avanzado bastante cuando... "Caracol..." dijo Chocolate, "tenemos un problema..." Y ese problema era un temor; ¡qué digo temor, un pavor! que el Caracol Valiente tenía; todos los valientes sienten miedo de algo. Algunos temen a las arañas, otros a los payasos, o a la oscuridad. Pero eso es muy normal, son miedos que todos tenemos. A nuestro héroe en cambio, le aterraban... ¡Las Sirenas! Sí, sentía pavor de sólo imaginarse frente a ellas. Y Chocolate acababa de ver una acercándose. "¡No puede ser!" dijo el jovencito, echando los remos arriba del bote, sin saber qué hacer. Y justo a su lado emergió la criatura causando que El Caracol Valiente lanzara un grito de horror y retrocediera espantado con tan mala suerte, que tropezó con una bancada del bote, y cayó al agua... La situación no podía ser peor: El Caracol Valiente sabía nadar, pero con el cansancio que tenía en los brazos por haber remado tanto, le costaba muchísimo. La peor de sus pesadillas se materializaba: La sirena se le acercaba por debajo del agua. El joven héroe desenvainó su espada, pero el peso de ésta en su mano comenzó a hundirlo. Y si la soltaba, sería presa fácil de la sirena. ¡Vaya dilema! De pronto, notó que la sirena ya no estaba. Miró alrededor hasta donde el oscura agua se lo permitía, y súbitamente sintió una mano fría alrededor de su cuello. "¡Me ataca por la espalda! ¡Me va a ahorcar!" pensó el muchacho con desesperación, tratando de pincharla con su espada para que lo soltara. Pero lo que la sirena hizo fue llevarlo hasta la superficie y ayudarlo a subir al bote. Nuestro héroe estaba desconcertado: ¿Así que no todas las sirenas eran malvadas?.

            "¡Sophie, mi vieja amiga!" exclamó La Mujer Antárctica al ver la sirena a un costado del bote. Ambas amigas se saludaron con un abrazo, y la viejita le dijo algo al oído a Sophie. Luego, señalando al perrito y a su amo, los presentó a la sirena: "Este es El Caracol Valiente, y aquel, su valiente perro Chocolate. Ambos me rescataron del malvado Lord Mogúl" contó. "¿Caracol?" preguntó la jovencita acuática, saludando con su mano. "Pero no es un caracol, sino un niño...". "Me llamo Caracol, y me apellido Valiente" le dijo el jovencito. "¡Ah! Es el joven lector de poesía y su fiel compañero; encantada de conocerlos" dijo con gracia la sirenita. "Discúlpame por tratar de atacarte con mi espada. Creí que las sirenas eran malvadas" se disculpó el niño. "Disculpa aceptada" sonrió la muchacha acuática. "Amanecerá dentro de poco" agregó, "baja la vela y descansa tus brazos, mis amigos y yo los llevaremos el resto del viaje. Y atentos al cielo que el Ave del Suspenso, ese malvado pajarraco secuaz de Lord Mogúl, puede aparecer en cualquier momento" advirtió. Chocolate recorrió el cielo con la mirada.

            El Caracol Valiente estaba preguntándose a qué amigos se refería la sirena, cuando asomaron varios delfines, muy amistosos; Chocolate les movía la cola en señal de saludo. Los mamíferos marinos se pusieron a cada lado y en la popa del bote, y Sophie se puso en la proa; parecía, pues, un mascarón de proa en forma de sirena, como esos que tenían los legendarios barcos piratas. Y comenzaron a mover el bote, avanzando rápidamente entre las olas.


            Ya había amanecido cuando llegaron a La Isla Encantada; era un lugar muy bonito, lleno de árboles y esteros por doquier, con una gran planicie en su cima. Pero había un problema: Estaba nublado. No había rastros del sol. Tal vez por un hechizo de Lord Mogúl, o quizás por lo cambiante del clima del sur. La viejita sacó del bote su manto de lana para cubrirse del frío. "Rápido" les dijo Sophie desde el agua, "llévenla a la parte alta de la isla, y esperen a que salga el sol". Y para allá partieron nuestros héroes; Chocolate llevó sobre su lomo a la anciana, que estaba cansada por el largo viaje.

            Al llegar a la planicie vieron que al fondo había una casita de madera. "¡Al fin! Mi hogar..." exclamó La Mujer Antárctica. "A partir de ahora, mis valientes héroes, continúo mi viaje sola". Chocolate y El Caracol Valiente estaban en silencio. La viejita besó dulcemente a Chocolate en la frente, y le agradeció por acompañar a su pequeño amo a rescatarla: "Más veloz que un caballo, más valiente que un León, y con la nobleza de un perro. Gracias, Caballero Chocolate, el fiel. A ti, te regalaré el mayor de mis secretos: Todos pueden hablar con los árboles. Tú, tu amigo Caracol Valiente, o el niño que lee este cuento" exclamó. "Los árboles siempre escuchan a quien les quiera hablar". Chocolate quedó muy sorprendido ante tan reveladoras palabras. Y mirando al Caracol Valiente, cuyo corazón estaba más emocionado que nunca, le dijo:  "A ti, Caballero Caracol Valiente, te doy mi más preciada prenda": Se quitó el chal de lana y lo puso sobre los hombros del jovencito, "un héroe tan valiente necesita una capa" sonrió, y también lo besó en la frente; "Gracias, Caracol Valiente" dijo, y caminó lentamente hacia su casa, hasta entrar en ella. Los dos amigos observaron en silencio. "Pero... ¡Y la mariposa!" dijo de pronto el muchacho recordando la profecía, y corrió hacia la casa.

            Al entrar,  buscaron por todas partes; no había rastro de La Mujer Antárctica o de la mariposa. Pero pasado un momento, Chocolate lo llamó: "Caracol... Ven rápido a ver esto...".

            Apoyados en una de las ventanas estaban el Huso y la Tortera. Y sobre ellos, una hermosa mariposa con alas naranjas con lunarcitos negros. "Es ella..." dijo el pequeño, y extendió su mano; el pequeño insecto caminó por uno de sus dedos delicadamente, hasta su palma. "Está muy fría..." dijo el joven a su amigo; y se acordó de la última estrofa del poema. ¿La recuerdas? Era la que decía:

"Al abrir las alas
Y recibir el sol,
La misión cumplida
Tendrá el Caracol".

"Vamos afuera, rápido" dijo el niño a su perro.

            Pero estaba nublado... Todo el cielo estaba gris. El Caracol Valiente pensaba en qué hacer, cuando vio que un rayo de sol daba justo a la copa de un cerezo. Era el único rayo de sol, que de alguna manera mágica, se había colado a través las nubes.

            Puso la mariposita en su solapa, como si se tratara de un prendedor, y aunque no era muy ágil comenzó a trepar el árbol. Chocolate lo ayudó al comienzo, y luego siguió solo. Una rama de la que estaba sujeto se quebró, y nuestro héroe casi se cayó, pero se sujetó con más fuerza y siguió trepando. Hasta que logró llegar a la última rama del árbol. Puso la mariposa en su mano, y estiró su brazo lo más arriba que pudo, hacia donde iluminaba el rayo de sol; pero le faltaba un poquito para alcanzarlo. Con cuidado se estiró aún más; sudaba del puro vértigo que le daba mirar abajo. Estiró su brazo todavía más, y al fin, el rayo de sol tocó las alitas de la mariposa. "Vamos, tú puedes Mujer Antárctica" le decía el niño. Pero la luz se fue haciendo más y más débil, hasta que las nubes la cubrieron por completo.   Y fue justo en ese instante que oyó un grito desesperado de Chocolate: "¡Caracol, cuidado!". Y como un relámpago apareció volando El Ave del Suspenso, y con una de sus garras tomó a la mariposita, y se elevó hasta perderse tras el cielo nublado. "¡No! ¡Devuélvemela!" gritó el pequeño. Pero era tarde. El secuaz de Lord Mogúl se había llevado a La Mujer Antárctica. El Caracol Valiente había fracasado.

            Cuando los dos amigos volvieron hasta la playa, Sophie se asomó entre las olas y les preguntó cómo les había ido. El Caracol Valiente se puso a llorar de la pena, y Chocolate le contó la tragedia ocurrida. Los tres se quedaron muy tristes. De pronto, del cielo, apareció El Ave del Suspenso y voló hasta donde estaban ellos. El Caracol Valiente sintió un enojo terrible, y desenvainó su espada para combatir al malvado buitre. "¡Espera, por favor!" dijo éste, acercándose con cuidado. "No todo es como parece..." agregó, y bajó su ala. "Caracol, espera. Ven a ver esto" le dijo Chocolate, que olfateaba y observaba el lomo del buitre. El Caracol se acercó, y sonrió: Allí estaba la mariposita, moviendo sus alitas naranjas con lunares negros. "La subí por arriba de las nubes para que recibiera luz de sol directamente" les dijo El Ave del Suspenso, "Ahora está lista para volar". Y como magia, las nubes se disiparon, y el sol del segundo día de primavera iluminó haciendo que todo se viera más verde, y el mar, más azul. La Mariposita se elevó, y revoloteó entre ellos cuatro. Y luego se posó en la mano del Caracol Valiente. "Adiós" le dijo el muchachito, con emoción en el corazón. Y la mariposita se elevó suavemente y voló hacia los árboles de la isla, hasta que los amigos no la vieron más.

             "Vamos a casa amigo" le dijo el niño a su perro, y Chocolate ladró de alegría. "¿Irán en el "Cara de Pato?" preguntó Sophie. "¿El nieto de La Mujer Antárctica está aquí?" preguntó El Caracol Valiente. "¿Nieto?" dijo la sirenita, riendo. "No es su nieto: El Cara de Pato es el bote de La Mujer Antárctica" le explicó la joven, "¿Y recuerdas cuando ella me dijo algo al oído? Bueno, lo que me dijo era que este bote es para ti". El muchachito saltó de alegría.

            Sophie se despidió y se fue nadando con sus amigos delfines. Chocolate y Caracol subieron al Cara de Pato, y ya iban a alguna distancia, cuando vieron que El Ave del Suspenso se quedaba solitario en la playa. El jovencito dio la vuelta, y regresó a la isla. "¿Quieres venir con nosotros?" le dijo al buitre. "¡Sí!" respondió este con alegría, y en vez de volar, se sentó en el bote. Mientras el niño remaba les contó a los dos amigos que se había arrepentido de trabajar para Lord Mogúl y que estaba muy feliz de haber ayudado a que el sol calentara las alitas de la mariposa.

            Cuando pasaron por el río, frente al castillo, El Ave del Suspenso muy orgulloso les dijo que ahora le pertenecía ya que Lord Mogúl, al verse derrotado, había vuelto a sus tierras en el norte. "Pueden venir a jugar cuando quieran" los invitó a Chocolate y al Caracol.

            Y los dos amigos navegaron río arriba hasta su hogar, con el corazón emocionado por la gran aventura vivida.

            Así que ya sabes, si algún día vas al sur podrás conversar con los árboles. Y si ves una mariposa con alitas naranjas y lunares negros volando cerca, es que has llegado al lugar donde todo ocurrió: Has llegado al Valle de La Grandiosa Aventura.