CUANDO SE SECÓ EL ESTERO

Al firmar,
el corazón se le apretó: 

"Sin agua,
estas tierras ya no tienen valor"
fue la oferta mañosa que le hicieron.

La esposa,
los hijos, y esa publicidad de mentira
que veían por televisión
ladraban al lado del de la forestal:
"Viera usted como es la vida en la ciudad;
luces y fiestas por montón se va a encontrar.
Gente fina y sofisticada;
Créame; le va a gustar.
¿No me diga que quiere
que su hijo ande sembrando,
en vez de ser un abogado,
o el gerente de un banco?
Ese es un lujo
que un campesino no puede darse.
Piense en su familia,
y deles otra vida".

Y su familia lo aleonaba
con la vida en la ciudad,
con los autos y edificios,
y luego el campo dejar.

Pero todo su ser le decía, le suplicaba,
que no hiciera aquello. 
Miró hacia afuera;
mecidas por el viento estaban la menta y el poleo.
El gran manzano proyectaba su sombra sobre la casa como en cada verano,
como la protegía en un abrazo del viento en cada invierno,
ignorante de lo que se avecinaba.

¿Qué sería de las gallinas,
Y de los otros animales que su vida aquí llevaban?
Qué sería de sus arrugas de viejo de campo que ya se le estaban marcando,
sin recibir el sol en la mañana....

"Apúrate, que el tren sale en una hora"
su mujer lo presionó. 
"Apúrate, que una nueva vida espera"
su hijo le espetó. 

El lápiz deslizándose sobre la compraventa
parecía un cuchillo cortando el cuello de algún cordero faenado para una fiesta.

"Trato hecho" le dijo el desconocido,
dándole la mano, aunque más le pareció un empujón hacia lo desconocido.
La carreta de su compadre lo esperaba, 
con sus pertenencias bien amarradas.
Una mirada compasiva de su amigo,
fue todo el consuelo que recibió. 

La estación,
ese lugar que nunca le gustó,
le mostró el comienzo de su fin:
Gente por todas partes, comerciantes tratando de pasar gato por liebre,
y un ruido que en nada se parecía al del estero cuando corría por montón, o al del azadón haciendo zurcos para que el agua llegara a la huerta y al invernadero.

Como cuando era niño
y lo mandaban camino al internado,
dejó caer su cara en la ventana
al tiempo que un sacudón del tren anunciaba su marcha.
Como cuando era niño,
Le dieron ganas de llorar a mares,
Y que sus lágrimas llenaran los zurcos secos de su cara...
Pero ese es un lujo
que un campesino no puede darse. 

Secos su corazón y el estero
se quedaron en silencio...